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Desnudando al Príncipe

En la política contemporánea pareciera que toda conducta ética riñera con su esencia.

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BY DANILO ROCA (EDMUNDO DEANTÉS) ON 13 DICIEMBRE, 2020

Mirilla Indiscreta

La admonición de que la lealtad paga y la deslealtad se paga, ya no constituye amenaza para nadie que incube en sus propósitos una traición, o menos fuerte, una sencilla deslealtad.

La competencia de los antivalores encuentra en el quehacer político una fuente inagotable de posibilidades que permiten que el traidor sea un triunfador y el defraudado un ingenuo o un imbécil.

La ecuación de que la lealtad paga y la deslealtad se paga, se invierte en su pretensión valorativa y ahora decadente.

En la práctica, el defraudador se auto-valora como listo, audaz, inteligente, incluso al evaluar su propia imagen, cuando viéndose al espejo en lugar de provocarse asco, se elogia a sí mismo por sus infames hazañas.

“Es tan tonto, que no se dio cuenta que lo engañé”, se ufana frente al espejo, cuando se rasura.

En esa sequía de valores, la palabra o el compromiso del príncipe suele ser tan falso como la del justificado plebeyo.

Ya no existe nivel que sea libre de esa ingrata epidemia social.

De un muletazo sobre el tablero, por ejemplo, un acuerdo de gobierno para darle certeza a las funciones y jerarquías constitucionales, en menos de 48 horas queda sin efecto.

Más rudo aún el golpetazo, sin ningún pudor, adquiere la forma de acuerdo del ejecutivo para defenestrar nuevamente al vicepresidente de sus funciones constitucionales.

Finalmente, la palabra del príncipe, recordando a Maquiavelo, al perder el peso de la confianza, deja por un lado la esfera de la moral para atenerse únicamente a las necesidades reales del poder por el poder mismo.

En nuestra realidad política y social, el poder justifica cualquier medio para mantenerlo.

Incluyendo la corrupción permanente, como mecanismo inteligente para pervertir la conciencia de quienes deciden y pagan cualquier precio para mantenerse en el ejercicio del poder.

¿Fue ingenuo el vicepresidente al creer en la palabra de su príncipe o fue canalla el príncipe, al humillar con el irrespeto, la expoliada fe de su servidor?

El problema es que el presidente no es príncipe ni el vicepresidente es su servidor.

Ambos son empleados privilegiados del gobierno, donde quién se presupone manda, es el pueblo, que, sin príncipes ni lacayos, agota todos los días su mancillada paciencia e insiste, en mantener con vida, una constitución y una república, que los sicarios asesinan y reviven a discreción todo el tiempo, de acuerdo a sus conveniencias.

Sin ser Estado Libre Asociado, porque no nos aceptarían, después de habernos regalado, hasta los diputados de la nación del norte, disponen administrar nuestro país, reducidos menos que colonia, a un simple territorio.

El caso de la congresista Torres, escuintleca de origen, es un indignante ejemplo. Después de renunciar a su nacionalidad y jurar lealtad a una bandera extranjera pretende administrar Guatemala a control remoto

Cualquiera, con mediano poder en los Estados Unidos, dispone, resuelve, manda y castiga nuestra dignidad de supuestos ciudadanos libres, con una insolencia que no soportarían ni los antiguos esclavos de esa nación.

Con su aprobación y franca simpatía, una constitución prostituida que se viola, la compran o la venden por la noche y la visten de señorita por las mañanas y la exhiben como virgen para que siga engañando a los incautos.

El acuerdo presidencial, se transformó nuevamente en pantomima, retornándonos a la corrupta realidad de la anarquía, poderes contrapuestos y coludidos para mantener la farsa y ciudadanos sin república, con virus y constantemente provocados para ver si reaccionan o siquiera existen.

Veremos finalmente quién será el defraudado o triunfador: El príncipe que no es príncipe, el vice-Príncipe que tampoco es vasallo, o la plebe que piensa y repiensa incendiar a la Bastilla.

¡Como dicen en el campo ¡… ¡Esta burra o pare o revienta!

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